Testimonio

Bajé a la cocina por un poco de agua y lo vi. Le estaba frotando una nalga a la puta vieja. Me miró y bajó rápidamente su mano, como si no hubiese hecho nada diabólico. Ignoré aquella escena, no me atreví a hablar con él, ni siquiera me dan ganas de verlo a los ojos.

Ayer llegó Luiselli, me pidió acompañarla a la tienda comercial, en el camino me preguntó lo siguiente:

—¿Eufe te encuentras bien?, estás más callada de lo normal.

—No tengo nada. Pensaba en mi niñez.

—¿Como en qué?

—Nada, sólo me vinieron a la mente unas cosas.  

Compramos lo indispensable para la gran celebración: vino, distintos quesos, uvas, pan fresco y otros alimentos para preparar una cena maridaje. Se llevó a cabo la reunión. Todo salió de maravilla, excepto el ácido que me llegaba del estómago a la lengua por el coraje atorado.

Lo estuve observando un tiempo, incluso llegué a revisarle sus cosas, pero era bastante cuidadoso y no hallé nada. Fui dejando de lado aquel recuerdo, pensé que mi mente me había puesto una mala jugarreta. En fin, dejé que la vida tomara curso.

Pasaron tres meses cuando se repitió aquella escena, pero esta vez fue más intensa: los pantalones de los dos se encontraban en el suelo. Estaban en la sala, tardaron unos cuantos minutos para vestirse y retirarse.

—¡No es cierto!, ¡dime que no es verdad!, ¡malditos hijos de puta, se van a ir al infierno! 

Él no regresó ese día. Le mandó un mensaje a Luiselli diciéndole que tenía mucho trabajo y que la vería en una semana. No sé por qué me lo hizo saber Luiselli. Pensé que también sospechaba algo. Yo, sin embargo, estaba al tanto de cualquier situación extraña.

Me sentí terrible. La sangre hervía dentro y eso que no había cometido ningún crimen; ella no podía ser tan tonta para no darse cuenta. Pobre Luiselli, casi no salía del cuarto de estudio; desde las nueve de la mañana hasta las siete de la noche para comer y luego regresaba un par de horas más para continuar. No sé con exactitud a qué se dedicaba, pero puedo percibir que, por los materiales que compraba, era algo de arte.

Si a mí, estando más tiempo en casa, me veía poco; no se diga a él, su esposo quien trabajaba del otro lado de la ciudad. Si se repetía una vez más, le iba poner fin al asunto. Lo tenía que encontrar con la vieja y esta vez le iba a decir a Luiselli, no me importaban las consecuencias, era mejor que ella lo supiera.

Ahí estaba la rabo verde ésa, esperando en el jardín con su risita medio burlona, ¡pinche vieja!, pensé. Me saludó, pero no le respondí. En vez de corresponder el saludo, le lancé una mirada salvaje de abajo hacia arriba. Luiselli se asomó por la ventana. La curiosidad la hizo salir, era mi momento, tenía que hablar, poner en jaque a la desgraciada.

—Hola Chazz, soy Luiselli, la hermana de Stefan, mucho gusto. Te presento a Eufe, es nuestra trabajadora doméstica.

—Mucho gusto Chazz, a tus órdenes. Estrechamos nuestras manos.

¿Qué?, ¿que no era esposo de Luiselli?, ¿en qué momento pasó de ser su esposo a ser su hermano?, Gracias a Dios no dije nada, no sé qué habría pasado. Once meses de servicio y casi a punto de cagarla, ¡Dios me ampare!

Username: Saturno

Susana Ruiz Huerta es una autora mexicana, egresada de la UNAM, FFyL, Colegio de Pedagogía.

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1 comentario en “Testimonio”

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