Soy un fantasma

Booh. Soy un fantasma. Y lo he sido por más tiempo del que fui alguna vez carne. Carne fui ochenta o noventa años, y morí, aunque no recuerdo. Nuestra existencia —me ha dado por pensar— es más fantasma de lo que es vida: la vida es corta, la eternidad inabarcable por medios humanos. Esto explica que no recuerde ni una mínima parte de mi tiempo existiendo: olvido. Pero te aseguro que cuando el torbellino cósmico ordenó el universo, yo estaba ahí; cuando el sistema solar se formó de polvo, yo estaba ahí; cuando César respiraba y Roma aún era eterna, yo estaba ahí. Estaba ahí… El universo anterior terminó por enfriarse y caer; su luz se tornó oscura; por millones de años no hubo más que vacío y restos de antaño, bien nutridas galaxias; y yo estaba ahí.

Nada me obliga a permanecer en esta casita; y dirás “con la relativa libertad que tienes como fantasma sin duda podrías viajar por el mundo y verlo todo, ¿por qué no?”. Nada, te digo, me interesa de este mundo fantasmal a su manera; todo lo que quiero ya está aquí. El viento y la lluvia son los mismos en todas partes. En todas partes hay luna. En todas partes crecen tréboles.

De alguna forma podríamos quitarnos el espacio de encima; pretender que no hay espacio, con cierto éxito. Yo no tengo espacio (tendría masa, entonces); mi espectro casi es mera ilusión óptica. Ocupo el espacio que ocupa el reflejo de un espejo. Pero no así con el tiempo (volviendo a mi punto); el tiempo está más y mejor mezclado con nuestro ser. Somos más tiempo que espacio. Nuestra vida es en sí memoria; tiempo en conserva. Nuestro ser en el presente no es nada, debe proyectarse hacia el pasado, brotar memoria, para ser, y esas memorias en definitiva no son espacio; son el espectro del espacio en el tiempo, que nos proyecta profundidad. Quizá el universo sea solo tiempo, y la materia distintas formas y mutaciones del tiempo. ¿Qué es? Tal vez solo el “ya” que se da lugar por sus propios medios para dejar que de él brote todo. Lo que se da lugar. Lo que empieza. Y todo no dejaría de ser más que presente: un punto sin duración en el que sucede todo. Incluso el tiempo es fantasma.

fantasma

¿Creo en los fantasmas? Independientemente de si creo o no, ¿existen? “Existir” es muy vago. ¿Hay, más bien, algo en este mundo que no sea fantasma? Hablar de la existencia objetiva de los fantasmas es más vago aún. Es como hablar de la imagen objetiva que tienen los espejos cuando nadie los ve: ser fantasma es ser algo respecto a alguien. Un mal agüero. Un consuelo. Una aparición siniestra. Un temor infantil. Una duda existencial. Recordatorio de la fragilidad de la vida. Olvido para todos, finalmente. Me ha dado por pensar que este mundo tal vez sea el reflejo de otro, que no será por esto más real: de otro será reflejo. Y así, así, sin que encontremos nunca lo real de lo cual todo lo demás es reflejo, porque no existe.

¿No me parece aburrido esto? De nuevo, no tengo cuerpo. Conservo solo los vagos recuerdos de los sentidos cinco (que los sentidos tienen fantasmas también). No tengo cuerpo y por ello no tengo pasiones ni aburrimientos que sufrir; esto me ha permitido pasar largos eones en inactividad. No lamentes mi estado. Aspira, en todo caso, a esta, mi serenidad máxima, alejada de la tristeza y la felicidad, el dolor y el placer. Veo las plantas. Veo las flores. Escucho la lluvia de la madrugada y el silencio que se impone después. Contemplo el atardecer y creo, en todo caso, muy triste que ese sol igual deba morir como todo. Medito en el sueño al escuchar a la familia de esta casa dormir, y cómo esos sueños son fantasmas también.

Se preguntan: ¿cuál es el significado de la vida? La vida no tiene significado, por suerte. Siempre queda abierta. Dije “por suerte” porque no queda delimitada en un significado. La vida no se agota. Brota cada vez; es herida abierta. No tiene significado. ¿Qué temes? Nada hay que pueda olvidarse. Lo eterno no recuerda; en plena observación como está de sí, es un “ya” sin tiempo. ¿Fantasmas? A la mayoría de los fantasmas que me he topado no les interesarías. Creen la vida vana. Nos tratamos con espectral indiferencia. ¿La muerte? La vida, he dicho, es fantasma. No hay nada que pueda morir.

He sido rey, y mi reino se extendió por toda la tierra. Ahora de lo reinado no queda nada, ni anales que registren mis hazañas, si es que tuve hazañas. Pero dime un reino que no surja de la nada, se agrande, proyecte su sombra por hectáreas enteras, y se desvanezca en azul, como una nube. O bien pude haber sido un mendigo en el que el olvido desquitó su furia aún en vida. Poco importa: al rey y al mendigo los iguala el olvido.

Me siento especialmente atraído por las nubes y por lo efímero de sus formas. Cualquiera que haya visto, como yo, la vida completa de varios universos, tiende a tomar las nubes como emblema tal vez de la vanidad de la vida, tal vez de lo ilusorio que cuantas formas y sustancias creemos eternas. Y al final todo se disolverá en azul, y yo seguiré aquí por cuantos eones deba, contemplándolo todo con la espectral tranquilidad de un fantasma.

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Username: Panini Liddell
Nombre: Ianxchel Llubere. México. 23 años. Estudiante de lingüística y lector aficionado.

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