¿Por qué se disculpa usted al postear una foto de su gato?

Desde que empezó la cuarentena (aunque el fenómeno no es absolutamente nuevo) se inician muchas publicaciones en redes sociales con frases como: 1) “Como estoy aburrido voy a…” o 2) “No sé qué hacer, por eso…”, para después plantear alguna dinámica comunitaria de comentarios, subir algún video o cumplir alguna especie de reto. En estos momentos de encierro, las frases precedentes se vuelven una especie de disculpa previa, de justificación necesaria, como si se quisiera aliviar la presión de una culpa indeterminada. Como contraparte, también pululan publicaciones del tipo 3) “Si en esta cuarentena no hiciste X, no es porque te haya faltado tiempo, sino voluntad”, que acusan al desprevenido lector de su estancamiento en la vida. En una sociedad donde el tiempo libre es una carga, el tedio se convierte en un demonio que hay que exorcizar a toda costa con trabajo y compromisos. El juez encargado de hacer el dictamen puede tomar forma de la autoflagelación solapada, como en el primer caso, o del verso pollice popular, como en el segundo. Pero, ¿de dónde proviene?, ¿no será que en ocasiones nos mueve más la culpa de estar perdiendo el tiempo que el amor a lo que hacemos? Si éste es el caso, nos tenemos que cuestionar dos nociones: nuestros motivos y el tiempo.

¿Por qué "perdemos tiempo"?

Primero los motivos. Dos conceptos cristianos, tan íntimamente arraigadas en nuestra cultura y nuestra psique, pueden ayudarnos a explicar el fenómeno. Se suele entender por atrición el arrepentimiento motivado por el miedo al castigo y por contrición, la compunción proveniente de la consciencia de haber ofendido el amor de Dios. El que se disculpa de su tedio está ante una especie de atrición secular, en donde el castigo ya no es el fuego sempiterno, sino el escarnio social, el señalamiento que se viste de culpa interiorizada. Las frases 1) y 2) son testimonio de ello, y la frase 3) es la manera en que aquellos que toman el papel de inquisidores hacen valer su dogma ante el pobre feligrés. Su credo se viste de amor a la superación, pero no es más que la extraña arrogancia del subordinado que ha sido ascendido un mísero peldaño en el escalafón del reconocimiento. Parece, pues, que no es el gusto mismo por la vida lo mueve a actuar (o, si queremos ser fieles a la dicotomía planteada, la consciencia de no ser fieles a ese gusto y a la vida), sino el miedo a estar perdiendo el tiempo y a ser castigados eternamente por ello ―curiosa paradoja. Miedo natural, pero que no tiene que transmutarse en una sombra que se cierne sobre la existencia, como el capitalismo, ¿o sí?

Lo curioso es que el usuario que postea su reto no encuentra suficientemente motivante la culpa que lo roe; no tiene la fuerza suficiente para dejar de lado las redes sociales y ponerse a hacer algo más productivo (sea lo que fuere que esta frase quiera decir). La interpelación del inquisidor tampoco hace mella en su desgarbada voluntad, pero sí aumenta la ansiedad y el desasosiego. Estamos ante un círculo vicioso bien conocido en este siglo: uno se encuentra sin brío para hacer alguna cosa importante ―¡y que sabe que es importante!―, pero utiliza las redes sociales para procrastinar[1], lo que, por paradójico que parezca, le ocasiona más ansiedad que busca solapar con más redes sociales. Tiene que expurgar estos sentimientos de alguna manera y una pequeña disculpa que encabece el post basta para mantener el equilibrio.  Yo no tengo idea de cómo salir de este embrollo, pero mi punto aquí es otro: ¿por qué no compartir aquello que nos gusta sin que la pugna de lo que debería estar haciendo nos carcoma, hasta que encontremos un motivo positivo para hacer lo que nos guste? Pero aún nos falta un poco para llegar aquí.

¿Se puede perder lo que no se tiene?

Es ahora cuando viene la segunda parte de nuestro análisis: el tiempo. En este caso seré más categórico: el tiempo no es un recurso, no se gana, no se gasta, no se tiene, no se pierde. Si todas estas metáforas nos parecen sensatas es porque estamos acostumbrados a pensarlo todo en términos de capital, de producción o, como quien dice, de dinero. Además, el hecho de que ahora muchos percibamos todos los días de la semana iguales nos enseña que nuestra categorización del tiempo depende de acontecimientos externos. En otras palabras, el tiempo nunca fue nuestro. Cuando nos enfrentamos a él, con sus categorías (los días, las semanas, los años) desdibujadas, nos topamos con una masa homogénea y desagradable hecha de instantes. Esta masa es el ocio: un ente ambiguo, deseado y aborrecido a la vez.

La palabra negocio viene del latín necotium que quiere decir sin ocio. El concepto positivo, real, correspondía al ocio, y el subalterno, el negativo, a la ocupación. ¿En qué momento le dimos la vuelta para concebir el ocio como algo negativo? Responder esto no es nuestro objetivo, pero recordemos que algunas de las grandes obras de la cultura humana, como la filosofía y la ciencia, fueron hijas del tiempo libre. Y si bien es cierto que la mayoría de nosotros no crearemos una próxima Capilla Sixtina ni encontraremos una nueva solución al último teorema de Fermat, el mero hecho de que exista la posibilidad del espacio de ocio abre el camino para que alguien, en algún momento de la historia, lo haga. O tal vez no, ¿quién sabe?

En fin, que nuestro desamparo ante el exceso de tiempo libre es sólo un síntoma de algo bullente e irresoluto en nuestro interior, y no sólo en nuestro interior como individuos, sino como comunidad. Diagnosticar el punto medular de este desamparo es algo que cada quien debería asumir como tarea de por vida. O no, ¿quién sabe? Al menos yo encuentro la tarea demasiado grande para mí solo. He apuntado solamente que un análisis de nuestros motivos, puede ser un buen comienzo. Pero no se agobie, esto es una simple exhortación. Lo que quería decir desde un principio es que no tiene que disculparse por encontrar solaz el compartir alguna dinámica que le parezca divertida, o algún pequeño logro en su desarrollo personal, o una canción que le conmueva, o la foto de su gato. Sea feliz con ello; genere nuevas formas de comunidad; aprópiese de su tiempo (la metáfora de la posesión es aquí inevitable), sin tormentos culposos, hágalo un lugar habitable y lindo.

[1] Procrastinar: Palabra de ascendente fama, aunque recurrentemente privada erróneamente de su segunda r, esa que está entre la “c” y la “a”. A veces nuestro oído musical tiene por cacofónico lo que la ortografía tiene por correcto.

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Gonzalo Gisholt

Username: Gonzalo Gisholt

Gonzalo Gisholt estudió filosofía en la UNAM. Le gustan la literatura de Borges, las historietas de Charlie Brown y la guitarra clásica. Administra el blog personal: poesiapoesia.blogspot.com

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