Pero doctor, yo soy Pagliacci

El humor y el mundo friki van de la mano, particularmente en la época de las infinitas revoluciones tecnológicas donde la lengua franca es el meme. Este exceso de risas y la aparente necesidad de tomarse nada en serio nos ha valido férreas críticas a todos los millennials asiduos a la zona dank del internet. Somos niños que sin quererlo, ni desearlo en realidad nos convertimos en adultos, como los Rugrats en ese episodio bizarro donde tienen cuerpo de gente grande, pero cabezas de bebé.

Tiktok tal vez da un claro diagnóstico de estas escisiones intrageneracionales, que han existido desde siempre: la gente que quiere madurar para ser gente grande y los geeks/nerds/frikis que no dejamos de jugar Pokemon. Adoradores de cierta cultura pop o simples snobs que nos miran de reojo y algo de repelús.

Tengo la certeza de que muchos de esos intolerantes se equivocan garrafalmente. Nietzsche decía que madurar es reencontrar la seriedad con la que juega un niño. Yo lo creo. Lo he visto. Nadie es capaz de tomarse problemas tan en serio como un friki. En las series encontramos verdades trascendentales, que también se pueden hallar en los grandes libros de filosofía (pregúntenle a cualquier fan de Evangelion o de Fullmetal Alchemist). Afortunadamente, recurrimos al humor para aprehender mejor todo lo que nos sirve.

Sin embargo, no todas las risas son de fiesta y pedagogía. Muchas veces la carcajada también sirve como reflejo y denuncia. Un recurso realtivamente común del humor posmoderno es la satirización de eventos que regularmente se consideran trágicos. Memes y memes sobre cómo el humor negro es una forma poco saludable de lidiar con los problemas socioafectivos personales. En el humor posmoderno, todos somos Tiny Rick cantando “This is not a dance! This is not a dance!”.

La risa sarcástica, la risa negra, la risa hiriente, es una espada de doble filo que se encaja en quien se ofende y en quien realiza el chiste que la genera. No se puede hacer ese tipo de bromas sin dejar morir una parte de uno mismo, aunque casi siempre es necesario hacerlo.

Desafortunadamente, el sector más retrasado social, histórica y afectivamente, se ha intentado apropiar de este gran recurso de la comedia. Tratar de justificar el racismo, el sexismo y el clasismo tras el escudo de “es un chiste de humor negro” es un acto pusilánime, particularmente cuando al autor le responden con otro chiste que toca sus creencias o su identidad y también se ofende.

Watchmen

En el humor negro parece haber dos reglas escritas. Una para el humor de denuncia, que debe ser contestatario, antisistema y estar del lado del sector oprimido (por eso un “chiste” sobre sexismo, clasismo y racismo no entra como humor negro, porque son mainstream). Otra para el humor más cínico e igual de cruel: o te ríes de todo o no te ríes de nada.

Esta última risa es de los villanos psicópatas como el Guasón (y no importa lo que diga la persona que quiere verse cool o proyectar la imagen de Diógenes en el siglo XXI, nadie puede tener el sentido del humor del Joker; si alguien lo hace, necesita urgentemente tratamiento psicológico y psiquiátrico).

Actualmente jugamos a simular esta última risa. Una carcajada a fuerzas sólo para defender un punto de vista, sólo para querer ser radicales y, estúpidamente a veces, como una forma de resistencia, de mostrar lo que realmente es la radicalidad de que te importe un bledo la humanidad entera (y por eso, en Attack on Titan, apoyamos a Eren con su retumbar).

La primera vez que supe de Watchmen fue por la película (y hasta la fecha no he terminado de leer la novela gráfica). El chiste de Pagliacci fue brutal cuando lo escuché, sobre todo en la voz de ese Rorschach. Muchas veces el mundo nos parece al borde de ese mal día que tanto cita el Guasón en The Killing Joke.

Muchos de nosotros ya hemos tenido varios días así de malos y en vez de hacer lo que el Joker o de caer en el extremo opuesto de Batman, hacemos burla de nuestra propia tragedia. Un meme, una entrelínea diciendo que las cosas van del carajo y que necesitamos un poco de contacto humano y los suficientes “me divierte” como para saber que alguien más se identifica con la mierda que a uno le pasa.

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Gablot

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Gilberto A. Nava, “Gablot” (México, D.F. 1990). Estudió Letras Hispánicas (FFyL/UNAM). Como poeta es un excelente cuentista. Pambolero por herencia genética y cruzazulino por resignación; fanático de Zelda, entrenador Pokémon por las noches. Pierde la mitad del día jugando MTGA. Ha colaborado en Atómix, Penumbria, Punto en línea, Marabunta y Cuadrivio. También participó en la antología Telescopio (Fractal Editores, 2013). Mantiene el blog "Infernáculo".

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