¿Para qué sirve el miedo? Miedo innato, miedo aprendido y plasticidad cerebral

Todos hemos experimentado miedo, aunque por distintas razones. Algunos tienen miedo a las alturas, otros a la oscuridad; incluso hay quien tiene miedo de hablar en público o a expresar sus emociones. El miedo no es algo exclusivo de los humanos pues muchos animales también presentan conductas de miedo. Por ejemplo, hace algunos años circulaban algunos videos titulados “gatos contra pepinos”, donde se podía observar a algún gato ocupado en sus asuntos, cuando, de repente, alguien colocaba un pepino cerca de él. Ante este estímulo, el gato salía despavorido. Esta curiosa respuesta de los gatos puede explicarse por la combinación de dos elementos: en primer lugar, la sorpresa (la aparición de un objeto que previamente no estaba ahí) y, en segundo lugar, la semejanza que tiene el pepino con una serpiente. Esta última explicación se relaciona con el hecho de que los gatos posiblemente tienen miedo innato hacia las serpientes.

Miedo innato u instintivo

El miedo innato es aquél que se presenta de forma “instintiva” cuando un individuo se encuentra con un estímulo nocivo. Al ser una conducta innata, el individuo no necesita haber sido expuesto previamente al estímulo para presentar la conducta de miedo. Existen muchos ejemplos de miedo innato en la naturaleza, pero lo que se ha estudiado con mayor detalle es el miedo a los depredadores. El miedo innato a los depredadores ayuda a preservar a las especies porque les da la oportunidad de escaparse de ellos aun cuando no hayan tenido contacto previo. Este tipo de miedo tiene un componente genético importante y normalmente se desencadena por estímulos olfativos. Los roedores, por ejemplo, son capaces de detectar ciertos compuestos que producen sus depredadores en sus secreciones corporales. De este modo, al oler la saliva o la orina de sus depredadores, los roedores presentan conductas como inmovilización o huida, aun cuando no hayan visto a su depredador. Los científicos incluso han logrado identificar a uno de los compuestos que promueven las conductas del miedo, una sustancia denominada TMT, que se aisló de la orina de los zorros. La sola presencia de este compuesto es capaz de inducir respuestas de miedo en los roedores como evitación y activación de la respuesta de pelear o escapar. Así, un solo compuesto detectado por el olfato es capaz de activar distintos circuitos cerebrales que desencadenan la respuesta de miedo. De este modo, el miedo innato funciona muy bien para proteger a los roedores de sus depredadores. ¿Pero, qué sucede con los humanos? ¿Nosotros también tenemos miedo innato a nuestros depredadores?

miedo

Miedo innato en los seres humanos, ¿mito o realidad?

Inicialmente, se pensaba que los humanos y otros primates tenían miedo innato a las serpientes porque la mayoría de ellos presentan conductas de miedo al estar en contacto con estos reptiles. Sin embargo, resulta complicado saber si se trata de miedo innato en realidad, ya que es difícil tener control sobre la información previa que pueda tener un individuo. Por ejemplo, si desde pequeños nos hablan sobre las serpientes, calificándolas como peligrosas, es posible que nos den miedo, aunque nunca hayamos visto una físicamente. Una investigación reciente evaluó la respuesta de algunos bebés ante imágenes de serpientes para determinar si en realidad existe el miedo innato a estos animales. Estos experimentos mostraron que probablemente no tengamos miedo innato a las serpientes, pero lo que sí tenemos es la capacidad de detectarlas visualmente con mucha precisión en distintos entornos. Al tener la capacidad de dirigir nuestra atención hacia ellas aún desde temprana edad, podemos estar mejor preparados para enfrentarlas en caso necesario. Además, dirigir nuestra atención hacia las serpientes podría hacer que, en caso de atacarnos, aprendamos con mayor facilidad que las serpientes hacen daño. De este modo, nuestro organismo presenta una gran capacidad de aprendizaje, para que además del miedo innato, tengamos otros mecanismos que nos ayuden a protegernos del peligro.

¿Qué es el “miedo aprendido”?

El miedo aprendido, en su forma más simple, se da a través del proceso conocido como condicionamiento clásico. Este proceso se refiere a la capacidad que tenemos de asociar dos estímulos, en este caso un estímulo dañino que nos da miedo (llamado estímulo no condicionado), y un estímulo neutro que originalmente no nos daba miedo (llamado estímulo condicionado). Tras la presentación de ambos estímulos de forma simultánea, nuestro cerebro los asocia de tal modo que la presentación futura del estímulo condicionado por sí solo nos genera miedo. Por ejemplo, si alguna vez tuviste la mala suerte de que te hicieran una curación dental sin anestesia, estuviste expuesto a un estímulo dañino- el dolor. Al mismo tiempo, escuchaste el sonido del taladro dental (estímulo previamente neutro), por lo que ahora tu cerebro asociará el sonido del taladro con el dolor producido por éste. Así, en el futuro, el sonido del taladro por sí solo será capaz de hacerte sentir miedo, lo que se puede manifestar como sudoración, taquicardia y ganas de salir corriendo del consultorio dental.

Miedo como mecanismo de defensa

El cerebro de los animales, incluidos los humanos, es particularmente bueno para aprender, por lo que muchas veces basta con un solo emparejamiento del estímulo no condicionado con el condicionado para que éste último despierte las respuestas de miedo. Esto tiene ciertas ventajas en la naturaleza, porque nos ayuda a evitar de una forma muy eficiente las cosas que nos hacen daño.

Sin embargo, esta capacidad de aprender también puede tener ciertas desventajas. Por ejemplo, los soldados que estuvieron presentes en alguna guerra estuvieron expuestos a distintos tipos de estímulos que asociaron con los horrores de la guerra. Esas asociaciones pueden persistir durante muchos años, aun cuando ya se encuentran fuera de peligro, lo que repercute en su bienestar y calidad de vida. Esta condición es conocida como “síndrome de estrés postraumático” y se vuelve muy difícil de manejar para los exsoldados por la dificultad que representa “desaprender” todo lo que su cerebro asoció con la guerra.

Así como los soldados, aunque tal vez de forma menos grave, muchas personas pueden presentar un miedo descontrolado ante distintos estímulos que en realidad no suponen un peligro tan grave. Por ejemplo, algunas personas pueden paralizarse por completo al ver a algún insecto o estar en un espacio cerrado. En estos casos, el miedo ya no funciona como una conducta que nos ayuda a mantenernos a salvo, sino que en realidad se vuelve una respuesta no deseada porque nos paraliza e imposibilita que continuemos nuestra vida normal.

Plasticidad cerebral

No obstante, no todo está perdido, porque bajo las condiciones adecuadas nuestro cerebro tiene la capacidad de aprender nuevamente, es decir, de reescribir una memoria donde el estímulo condicionado y no condicionado ya no están asociados. Aunque no siempre es tan sencillo, existen distintas alternativas para poder lograrlo. Una de ellas es la terapia de exposición, que consiste en exponer a la persona al estímulo condicionado repetidas veces en ausencia del estímulo aversivo para que su cerebro pueda disociar ambos estímulos. Esta estrategia no funciona en todos los casos, por lo que se ha intentado incrementar su eficacia con el uso de algunos fármacos que mitigan algunas de las respuestas fisiológicas del miedo.  Ligado a esto, un estudio reciente mostró que la presentación de un estímulo reforzante (dinero en efectivo) al mismo tiempo que el estímulo condicionado puede mitigar la aparición de las respuestas de miedo, incluso cuando estas respuestas se presentan de manera inconsciente.

Estas observaciones ponen de manifiesto que es posible modificar nuestros circuitos cerebrales en respuesta a los cambios en las condiciones de nuestro entorno, lo que se conoce como plasticidad cerebral. Aun cuando el miedo sea una respuesta que ya está codificada en nuestro cerebro, esto no significa que sea inalterable y, de la misma manera, todo lo que ya hemos aprendido también es susceptible a modificarse.

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Rebeca Méndez

Username: Rebeca Méndez

Química Farmacobióloga, (casi) doctora en Ciencias Biomédicas. Le interesan los temas científicos, especialmente la biología y la neurociencia, pero puede discutir apasionadamente sobre casi cualquier cosa. Le encanta aprender, compartir lo que ha aprendido, comer rico y viajar.

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