Nacer es morir. Muerte y duelo en el México antiguo

La muerte es un tema difícil por muchas razones, entre otras, quizá porque preferimos ocultar o alejar un fenómeno que tarde o temprano llegará a nuestra vida, ¡vaya paradoja! El punto es que es difícil explicar la muerte.

Ahora imaginemos el tema, pero desde el concepto de las antiguas culturas que habitaron nuestro México. Va lo doble de difícil: se trata de meternos en las cabezas de aquellos hombres y mujeres que durante generaciones tuvieron una particular forma de entender ese fenómeno llamado muerte, ese mismo hecho que todavía no entendemos bien y que deseamos explicar desde otra época.

Con todo, vamos a intentarlo. Podemos decir que los antiguos mexicanos tenían un concepto general de muerte. Es decir, con ciertas variantes los pueblos mesoamericanos manejaban más o menos, los mismos términos. Uno de los conceptos más extendidos entre nuestros antepasados y  que incluso aparece en otras latitudes y épocas es el de la dualidad.

Foto: Diego Leyva Modelo: Eva Ayala Maquillaje: Jesús Barreto y David Nyx Rios

Dualidad y muerte

La dualidad se manifiesta en toda la cultura antigua de México. La tenemos en esculturas, códices, tallas, cerámica, pinturas, calendarios, mitos, en el lenguaje ritual y cotidiano. Conceptos como el día y la noche, el sol y la luna, hombre y mujer, las estaciones del año, cielo e inframundo, caliente y frío, en fin, todo habla de dualidad y, por supuesto, la vida y la muerte. Esta pareja va de la mano y no puede concebirse una sin la otra. Es claro que para nuestros ancestros la vida y la muerte eran dos aspectos de una misma cara, aunque ahora para la mayoría de los mexicanos, no lo sea.

Quizá la representación por excelencia de este concepto sea Ometeotl el “Señor Dos” de los nahuas o el principio dual que se manifiesta en la vida y la muerte de nuestros antepasados, donde morir es renacer. ¿Leyeron esto último? Si ponemos atención a este concepto, podremos comprender muchas cosas del pensamiento antiguo. La muerte es un paso a otra forma de “vida” o de “existencia”, entonces no muero sino que paso a otro estado, y en ese otro estado o mundo ocurren muchas cosas dependiendo de quién fui, qué hice y la forma en que me fui. ¿Les recuerda eso a otros pensamientos y culturas?

 

¿A dónde vamos?

Por eso la importancia de las acciones en vida y, particularmente, ese postrer momento en el que nos vamos de este mundo y donde morir de una forma u otra nos lleva a diferentes lugares. En la cultura mexica, por ejemplo, si morías por medio del agua llegabas a ese paraíso llamado Tlalocan, allí donde hay abundancia de alimentos vegetales y flores para regocijar esa “segunda” existencia. Pero si pertenecías al mundo militar y morías en combate, tu destino era el sol, símbolo básico de fuerza y poder. Si eras mujer y fallecías durante el parto, te esperaba el mismo el destino.

Para los niños muertos prematuramente, su destino era el Chichihualcuauhco (hay que pronunciarlo un par veces) donde había un gigantesco árbol lleno de chichis que los amamantaban mientras esperaban su segunda oportunidad. Y para los que no morían, según los anteriores apartados, su destino era el Mictlan, un lugar del que se ha escrito considerablemente y que por sí mismo tiene mucho simbolismo. Basta decir que allí estaba Mictlantecutli y Mictecacihuatl, el señor y señora descarnados y que juntos organizaban los varios niveles de lo que más tarde sería llamado inframundo. De este lugar se han generado varias historias, muchas de ellas ampliamente conocidas.

 

Entre los dientes del Tlaltecutli. Duelo y comunidad

Por eso, los antiguos mexicanos tenían certeza de lo que ocurría después de su tránsito por estos lares. El duelo se convertía entonces en un ritual que buscaba simbólicamente esa trascendencia y un buen renacer. Así entendemos que a los muertos se les debía respetar y honrar a través de ceremonias que evocaban las acciones de la naturaleza.

Pensemos en el simbolismo que implicaba amortajar al fallecido en un petatl (petate) entre lágrimas, incienso y cantos para finalmente depositarlo entre los dientes del Tlaltecuhtli (el señor de la tierra). Éste devoraba la carne y los huesos, aquí no importaba el destino del alma de los muertos, todos debían ser digeridos por esos colmillos y garras para ser parido en alguno de los sitios que ya mencionamos. Por supuesto, en nuestro plano presente, entre el cielo y el Mictlan, los deudos cumplían los rituales donde los días eran importantes y las ceremonias, con sus formalidades, liberaban la responsabilidad del familiar y su comunidad. Hablamos de un duelo donde el individuo y la sociedad están completamente involucrados y la muerte de un miembro atañe a TODOS.

Aquí nadie vivirá para siempre

Así, la muerte y el consecuente duelo formaban parte del principio y el final de un mismo proceso, como el ciclo de la siembra y la cosecha del maíz, metáfora que hoy cuesta entender, como otras tantas, sobre todo para nuestro mundo donde la muerte se convierte en una idea que alejamos con todos los sucedáneos de vida posibles. Esa muerte sin embargo, la traemos e interiorizamos en ciertas fechas y lugares de nuestro México donde todavía la mezcla de conceptos (sincretismo) se percibe de alguna forma.

Quiero terminar diciendo que tampoco se debe idealizar o generalizar éste concepto de muerte, ya que como toda sociedad había apego al mundo sensorial y la consecuente pérdida. Esto seguramente tenía sus consecuencias a nivel individual y social. Sabemos poco, pero no hay duda que también los mexicanos del ayer sufrían y se angustiaban;

¿A dónde iremos

donde la muerte no existe?

Mas, ¿por esto viviré llorando?

Que tu corazón se enderece:

 aquí nadie vivirá para siempre.

Atribuido a Netzahualcoyotl

Los mexicanos del ayer como los de hoy buscamos la misma explicación al fenómeno de la muerte. No lo sé, pero ante las circunstancias actuales, quizás ellos tuvieron más éxito en comprenderla y asimilarla, pero al final seguimos acabando “entre los dientes del Tlaltecutli”.

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USERNAME: José Juan Sánchez A. Mesoamericanista y comunicólogo por la UNAM, esperantista por convicción, pero sobre todo aficionado a las buenas pláticas, los viajes, los libros y los mininos, por supuesto.

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2 comentarios en “Nacer es morir. Muerte y duelo en el México antiguo”

  1. Margarita Almazán

    Felicidades Juanito siempre me eres sorprendente!!!.

    Te admiro mucho.

    Y…… a ti a donde te gustaría ir después de estar aquí y ahora? cuando entregues tu envoltorio actual? Cuéntame por favor!

  2. Gracias Margarita te mando un saludo… Y con respecto a lo que preguntas, está difícil responder… Cada quien tiene su creencia o su certeza.
    En lo personal estoy seguro que la materia se transforma, pero aquello que llamamos alma, espíritu, esencia o como quieras nombrarlo y que para muchos ES y para otros no, para mí significa trascendencia…
    Un abrazo con mis mejores deseos…

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