Milagro en París. El día que Miles Davis se enamoró

En 1949, el quinteto de Tadd Dameron y Miles Davis fue invitado a tocar en el Festival Internacional de Jazz en París, así que Miles dejó atrás los problemas que había tenido con Charlie Parker tras haber tocado en su banda, empacó su trompeta y tomó un vuelo hacia Europa para continuar su trabajo musical con Dameron. Éste sería un viaje que marcaría profundamente su vida.

Por primera vez, Davis fue tratado como una celebridad. En París conoció a Sartre, a Picasso, a Boris Vian y a sus conciertos asistieron los existencialistas de Saint-Germain-des-Prés. En ese viaje conoció a Juliette Gréco, con quien vivió un abrasador romance que le haría dudar si algún sentido tenía volver a su país en donde había sufrido la segregación racial, el desempleo y su vida con Irene Birth, con quien tenía dos hijos, no le satisfacía.

Sobre este inesperado amor, Davis escribió en su autobiografía: “Juliette y yo solíamos pasear juntos por las orillas del Sena, cogiéndonos de la mano y besándonos, mirándonos a los ojos, besándonos otra vez y apretándonos mutuamente la mano. Era como cosa de magia, casi como si me hubieran hipnotizado, como si estuviera en una especie de trance. (…) La música había sido la totalidad de mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco y ella me enseñó lo que era amar a alguien al margen de la música. Juliette fue probablemente la primera mujer a quien amé a un nivel de igualdad entre seres humanos”.

Cierto es que no podemos exculpar a Miles Davis de la problemática vida familiar que tenía, pues había sido irresponsable en su paternidad y afectivamente ausente con Irene. Él mismo reconoció que se comportaba de manera horrible con su familia y después de conocer a Juliette, la cosa no hizo más que empeorar.

Miles Davis

Juliette Gréco: La talentosa tentación de Davis

También en ese insigne año Juliette Gréco hizo su debut como cantante en el cabaret Le boeuf sur le toit, ya que había decidido dedicarse a cantar por consejo de Anne-Marie Cazalis y Sartre. Sus primeras canciones fueron algunos poemas musicalizados por Joseph Kosma. Para ese momento Gréco ya había empezado su carrera como actriz, pues había debutado en un filme de Louis Daquin donde interpretó a una religiosa y su paso por el cine no sería cosa menor. A lo largo de su carrera trabajó con cineastas como Jean Renoir, John Huston y Orson Welles. En el café del Pont Royal hizo contacto con aquellos filósofos excéntricos y provocadores que la elevaron al grado de musa y así se le recuerda todavía, como la musa de los existencialistas.

Más que musa, Gréco fue forjando su propio camino y con esa libertad manejó también sus cariños: “Elegí amar a quien quiero cuando quiero” dice en su autobiografía. Años más tarde en una columna publicada en mayo de 2006 para The Guardian escribiría: “No quedaban asientos, y de todos modos no habría podido pagar uno, así que Michelle Vian, la esposa de Boris, me llevó a mirar desde los bastidores. Y allí vislumbré a Miles, de perfil: un verdadero Giacometti, con un rostro de gran belleza. Ni siquiera hablo del genio del hombre: no hacía falta ser un erudito o un especialista en jazz para que te impresionara. Había una armonía tan inusual entre el hombre, el instrumento y el sonido, era bastante demoledor. (…) Salimos a cenar en grupo, con gente que no conocía. Y ahí estaba. Yo no hablaba inglés, él no hablaba francés. No tengo ni idea de cómo nos las arreglamos. El milagro del amor”.

El flechazo

Ambos coinciden en que fue Sartre quien preguntó a Miles por qué no se casaban y Gréco respondió que no se casarían porqué él la amaba demasiado como para hacerla infeliz; pero Miles no comparte esa anécdota en su autobiografía. Lo cierto es que después de un par de semanas, Miles Davis regresó a los Estados Unidos. Y es en este punto es que comienza la parte trágica, ya que desconsolado por haber vuelto, extrañando en todo momento los misteriosos ojos de aquella que siempre de negro vestía, Miles cultivó con fuerza una de las relaciones más destructivas que tendría en su vida y de la que tardaría 4 años en salir, esta vez su nueva acompañante sería la heroína.

Su adicción afectaría su vida familiar: “También me sorprendió a mí lo deprisa que acabé perdiendo el control. Recuerdo cómo me dediqué a haraganear por Harlem cuando volví de París. (…) Irene y yo, de todos modos, no teníamos vida familiar de ninguna clase. (…)Después de conocer a Juliette me pareció entender lo que deseaba en una mujer. Si no tenía que ser Juliette, tendría que ser alguien con su misma manera de mirar la vida y su mismo estilo, tanto en la cama como fuera de ella. Juliette era independiente, pensaba por su cuenta, tenía ideas propias, y esto me gustaba. Básicamente, dejé a Irene en casa con los niños porque yo no quería estar allí”.

El final

Años después Gréco continuaría su carrera como actriz en Estados Unidos. Hospedada en el Waldorf the Nueva York, invitó a Miles a cenar una noche. La cara horrorizada del maitre d’hotel al ver que era un hombre negro con quien ella cenaría, volvió el encuentro esperado un momento doloroso, Miles apenas cenó, se retiró del lugar y esa madrugada, llorando, le llamó para decirle que no quería volver a verla en ese país en donde su amor era imposible: “En Estados Unidos, su color se me hizo descaradamente obvio, mientras que en París ni siquiera me di cuenta de que era negro” ella recordó años más tarde.

Pese al tiempo nunca se perdieron la pista completamente. Miles se las arreglaba para dejarle notas por toda Europa en los lugares que visitaba y que coincidían con los lugares que ella visitaría: “Yo estuve aquí, tú no».

En 1991 coincidieron por última vez. Meses antes de morir, Miles volvió a París para ofrecer un concierto al aire libre. Días más tarde visitaría a Gréco en su casa, y sobre ese último encuentro ella recordaría: “Estaba sentado en el salón y en un momento fui a la veranda para mirar el jardín. Escuché su risa diabólica. Le pregunté por qué reía. «No importa dónde esté», dijo, «en cualquier rincón del mundo, mirando esa espalda, sabría que eras tú«.

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Username: Cicio Petrus Aguirre

Es un coleccionista de recuerdos ajenos que después evoca como si fueran propios; dedicado escuchador y cultivador del arte de la charla. Latinoamericanista y aspirante a documentalista, sopla un tubo dorado para no quedarse loco. El jazz y sus anécdotas le gustan casi tanto como el cine.

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