Los perros del canal

Tengo algunos recuerdos vagos de cómo sucedió todo, aunque se trate de recuerdos difusos. Son pocos y quizá no serían apreciados por completo a simple vista si tan sólo me limitara a enlistarlos; sin embargo, regresan a mi memoria de vez en cuando y eso es lo importante.

Recuerdo, por ejemplo, el color de sus ojos y esa aura melancólica que terminé por relacionar irremediablemente al color café. Se trataba de una mirada muy hermosa para alguien cuyo hermano menor tenía poco tiempo de haber fallecido. Por supuesto, él no sabía que yo sabía siquiera sobre la existencia de su hermano, pero para ser justos, ninguno sabía demasiado acerca de los aspectos de la vida del otro. Se hablaba poco y, con frecuencia, el único tipo de comunicación existente era el sonido de los alrededores, el de gente despreocupada que charlaba sobre temas triviales, el sonido de risitas tontas de las parejas que disfrutaban sus helados, las voces exageradamente elevadas de los niños en compañía de sus tutores.

Nos conocimos de vista, gracias al postre en que coincidimos la mayoría de las ocasiones: una nieve de menta y limón color verde oscuro brillante, cuya tonalidad podía variar dependiendo de la incidencia de luz sobre él. El gusto picante me desagradaba y me fascinaba en partes iguales, y hasta donde supe, no vi a ningún otro cliente pedir ese sabor jamás. Probablemente él lo notó también, porque al sentarme ese primer día en su mesa le dedicó una breve mirada a mi recipiente, seguido de una breve mirada hacia mí, antes de continuar de lleno con lo que hacía. Este hecho se repitió, semana tras semana, el helado llegó a ser una especie de santo y seña, hasta que la pequeña cita de los jueves por la tarde se convirtió en un acuerdo tácito entre los dos.

Foto: Diego Leyva

Intercambiamos unas pocas palabras de vez en cuando, las necesarias para deducir que vivía solo, pasando el parquecito frente a la heladería, torciendo a la derecha en una de las muy anónimas calles grises, cuya extensión se frenaba de forma brusca y solitaria a orillas del canal de aguas negras.

Luego de estas breves charlas él terminaría el contenido de su vaso, siempre antes que yo, y después de despedirse con un gesto saldría del lugar. Observaría su figura alejarse del local hasta fusionarse con el resto de los transeúntes, sin poder sacarme de la cabeza sus ojos cafés.

Varios pensamientos rondaron por mi mente desde el primer día que lo vi comiendo su helado en completa soledad y centrado en sus pensamientos. Su mirada me desconcertaba de manera insoportable, me atraía hacia él como lo haría la carne en descomposición con un animal callejero. El juego de colores entre sus pupilas y sus iris me devolvían escenas que creía muertas en mi memoria. Las grandes mariposas café revoloteando alrededor en completa y tranquila belleza me devolvían su imagen como pregoneras que anunciaban el inevitable evento a ocurrir.

Los recuerdos del futuro se agitaban con mayor fuerza que los del pasado, en una danza que corrompía mis ideas. Desde el primer encuentro supe que tendría que hacer algo al respecto y una tarde en específico, mientras mi compañero se alejó, mi certeza cobró un ánimo definitivo.

Las sensaciones de la semana que siguió me abstrajeron de forma imprudente. El vacío en mi estómago, acompañado de forma permanente por vértigo y desasosiego crecieron más y más, hasta el punto de mantenerme urdiendo planes irreales la noche del miércoles, en caso de no volver a verlo otra vez. Dormí pocas horas aquella ocasión, extraños sueños visitaron mi letargo.

El jueves me presenté en el lugar a la hora acostumbrada. Para mi alivio él se encontraba en nuestro lugar habitual, aunque me sorprendió notar que por primera vez pidió un sabor diferente, en este caso, un helado pálido y de aspecto poco apetitoso. Mencionó mi aspecto enfermizo con una carcajada, pero se limitó a ello solamente. Me aseguré de terminar mi postre primero esta vez, haciendo tiempo mientras jugueteaba con el envase vacío.

Salimos del lugar al mismo instante. El cielo en aquella tarde llena de nubes por todos lados le daba una apariencia apacible. Un cielo blanco en su totalidad, en medio del cual algunas aves, solitarias o en bandadas, revoloteaban sin destino aparente. Me pregunté por un momento a dónde trataban de llegar, de dónde venían o si acaso trataban de darme algún mensaje. Deseché la idea sin pensarlo demasiado. Aproveché el paisaje para explicarle a mi acompañante que debía visitar a una persona en alguna calle cercana al canal y le pedí que me guiara hasta el lugar, puesto que yo desconocía aquel sector de la colonia y no quería arriesgarme a visitar solo un lugar tan abandonado. Accedió y caminamos varios minutos. Los largos callejones mostraban señales de decadencia cada vez más marcada mientras más penetrábamos en ellos.

Algunas casas despostilladas en la fachada, otras cuyos portones habían sido suplantados por láminas de metal y unas más construidas con tabones sobrepuestos daban una apariencia sobrecogedora al lugar. Conforme nos acercamos al final las casas comenzaron a escasear y los terrenos abandonados comenzaron a ser más abundantes. Un grafiti llamó mi atención al fondo: “donde el viento llega y se regresa”, rezaba, con algunas palabras más que no logré entender. Finalmente me detuve al azar en un baldío cuyo contraste entre un gran patio lleno de pastizales crecidos descuidadamente y una pequeña casa sin terminar de construir proyectaban una desolación inmensa. Le indiqué a él que habíamos llegado a mi destino. A su destino también, aunque no lo sospechó de esa manera. No obstante, sus ojos cafés debieron notar algo extraño en la situación, pero ya era muy tarde.

Entré primero, él vaciló un poco antes de seguirme. Sus ojos proyectaban miedo, igual que la mirada de su hermano cuando lo maté.

Lo golpeé en el rostro con todo el odio que habitaba en mi interior, un odio caducado pero fresco al mismo tiempo; con la tristeza estancada y corrosiva que tantas veces sentí deslizarse dentro de mi pecho. Lo golpeé hasta que sentí su nariz reventar bajo el impacto de mi puño y descifré en sus gritos la desesperación e incertidumbre que mi abuelo debió sentir al ser asesinado por su padre. Un perro ladró en la lejanía. Creo que fue entonces cuando perdí el autocontrol y comencé a reír como desquiciado, arropado por el escenario corrompido que nos rodeaba.  

Cuando por fin cayó, mi pie comenzó a lanzar patadas a lo que pronto se convirtió en un bulto inanimado y sin fuerza, bañado en un líquido pegajoso que recorría su rostro y parte de su cuerpo. Nadie nos prestaría atención en un lugar tan abandonado donde poco importaba si la vida que se perdía era la de un humano o la de un animal.

Pensé en el color de nuestro helado favorito, pensé en el color del cielo de aquella tarde, pensé en el color de la sangre que salpicaba a los matorrales y al polvo del suelo, espesándolos y oscureciéndolos aún más; verde, blanco y rojo, verde, blanco y rojo. Agradecí perversamente que a las autoridades poco les importaría el crimen de uno más entre tantos otros miles y bendije la cárcel que no me esperaba y el juicio que nunca sería celebrado.

Perdí la noción del tiempo, pero cuando abandoné el lugar, la oscuridad reinaba sobre mí. Recordé la última vez que vi a mi abuelo, con esos detalles insignificantes que cobran fuerza cuando uno recuerda a quien ya no está y pensé con amargura en la sangre derramada que me legó como única herencia. Por un momento coqueteé con la fantasía de que es el destino quien marca nuestra suerte, incluso antes de asomarnos fuera del vientre de nuestras madres, pero deseché la idea casi de inmediato. Me sentía libre por primera vez en mucho tiempo y, muy en el fondo, sabía que no volvería a sentir esa efímera libertad jamás.

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Username: Adrian Liborio Antonio.

Mexicano, 21 años. Le gustan la ciencia, leer y los los mazapanes.

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