La pequeña revolución de los c*los. Erotismo, perreo y mirada masculina

“El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”

Estoy seguro de que ustedes también conocen a un vato (casi siempre es un vato) que se pone a “echar pestes” del reguetón y el perreo, porque sabedor, nos advierte que se trata de un género y un baile vulgar, misógino y sexista. La contraparte de esta actitud es la de aquellos hombres que disfrutan del controversial baile pero que consideran, o al menos actúan como si así lo hicieran, que el perreo es un baile inventado para el placer masculino; sin embargo, este simple acto de sacudir las nalgas y las caderas encierra elementos verdaderamente liberadores, que además ponen en tela de juicio los mandatos que nuestras sociedades imponen sobre la cuerpa de las mujeres y los cuerpos feminizados.

Hablar del perreo y sus implicaciones no resulta nada fácil. Es necesario dejar de lado los argumentos maniqueos y las posturas moralinas, ya que las prácticas sociales son complejas y será necesario que pensemos al perreo desde las rupturas, las contradicciones y las sorpresas.

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Las cuerpas y la mirada masculina

El análisis feminista del perreo lo ha dicho fuerte y claro: “el perreo puede ser una manera en que las mujeres nos apoderemos de nuestras cuerpa”s. Partamos de un hecho que puede sonarnos extraño en un principio: El cuerpo no es algo dado de una vez y para siempre. Como lo ha señalado Judith Butler, el cuerpo es producto de violentas disputas, solamente tiene forma y existencia después de ser construido en el proceso social; el cual no ha sido para nada consensuado ni ha estado libre de coacciones.

En América Latina, las disputas sobre los cuerpos de los pueblos precolombinos comenzaron con la conquista. El antropólogo Peter Mason apunta que los europeos representaron a aquellas primeras comunidades con las que tuvieron contacto, echando mano de las imágenes de los demonios que poblaban la imaginería popular de la Europa medieval. Específicamente sobre el cuerpo de las mujeres, la mirada europea implantaría un cambio importante en su percepción: las mujeres que antes gozaban de la posibilidad de cubrirse o no el torso, ahora debían cubrirlo obligatoriamente porque la mirada europea sexualizaba los senos. La mirada del hombre colonizador se impuso así sobre la voluntad de las mujeres y el ocultamiento se volvió norma. Este es solo un primer momento en la inacabada contienda por el control de los cuerpos.

Este mismo proceso social del que nos habla Butler exige que nos demos cuenta de qué partes de nuestro cuerpo será crucial enfatizar para poder insertarnos exitosamente en la sociedad; pero estas exigencias están lejos de ser iguales para todxs. Sobre la cuerpa de las mujeres (generalmente seccionado en tres partes fundamentales: nalgas, vagina y senos), la mirada masculina ha clavado sus dientes con saña. Cuando el énfasis que el perreo pone sobre ciertas partes del cuerpo es visto desde nuestra mirada patriarcal, llegamos a creer que todo aquello sucede para nuestro consumo y propia satisfacción; muy acostumbrados estamos a estas maneras de disponer de las corporalidades subalternas.

El pensamiento occidental disoció la mente del cuerpo, desde Platón, pasando por San Agustín, Kant y Descartes y existe un reiterado desprecio del cuerpo. Más adelante, la modernidad cartesiana ganó para los hombres el reino de la razón, mientras que condenó a la mujer a la materialidad corporal; sin embargo, al reino de la razón solo se podía entrar dejando fuera el cuerpo y sus emociones y así lo hicimos. Los hombres sepultamos nuestra corporalidad y extirpamos nuestras sensibilidades para poder acceder a la razón y cumplir con el mandato de masculinidad.

Susan Griffin escribió en Pornografía y silencio que este dislocamiento entre cuerpo y mente generó en los hombres lo que ella llama “conciencia pornográfica”, la que nos permite situarnos por fuera de nuestra experiencia vital y nos transforma en observadores indiferentes. Mediante este mecanismo es que percibimos los cuerpos de las mujeres como genéricos, anónimos y a nuestra disposición; no sentimos necesidad de conectar emocionalmente con las personas que los habitan.         Es esta “conciencia pornográfica” la que ha generado tanta importancia en la contemplación de las cuerpas y los cuerpos feminizados como fuentes de placer y que los ha elevado como representación misma del deseo. Esta es también la clave de la mirada patriarcal sobre el perreo.

Erotismo y Perreo

El perreo es, en cierto sentido, voluptuosidad transgresora, pues no persigue otros fines que los del placer mismo, por eso es posible entenderlo como una forma del erotismo. Bataille escribió que la sexualidad humana se separó de la sexualidad animal en el momento que adquirió consciencia de los fines. En el trabajo humano podemos atestiguar el momento decisivo en que los seres humanos adaptaron sus actividades y afanes a fines particulares; de igual manera, la simplicidad de la sexualidad animal y su fundamento instintivo quedaron rebasados cuando la especie humana orientó su actividad sexual “a la búsqueda calculada de transportes voluptuosos”. Este es el terreno del erotismo.[1] Sin embargo, esta “búsqueda calculada” no ha discurrido libremente. Nuestra voluptuosidad encontró sus límites en la prohibición que inventamos y que con la llegada del cristianismo se postuló como absoluta. Transgresión y prohibición dan origen a ese doble movimiento que echa a andar el erotismo. Y pese a todo lo anterior, el erotismo de las mujeres sigue siendo un misterio, una incógnita, precisamente porque la “búsqueda calculada de transportes voluptuosos” quedó reservada para los hombres. En este sentido, la sociedad patriarcal impuso la prohibición a las mujeres, y perrear puede ser una forma de transgredir estas prohibiciones.

En un breve pero lúcido artículo, Karen Santiago pone sobre la mesa ciertas preguntas difíciles sobre el acto de perrear en una sociedad como la nuestra: “¿cómo gozar de un acto sexualizado dentro de una cultura tan jodida? Me hace preguntarme: cuando perreo… ¿a quién le pertenece mi perreo? ¿Para disfrute de quién lo hago? ¿A qué mirada y al consumo de quién o qué abona? pero sobre todo: ¿cómo nos situamos dentro del sistema capitalista y patriarcal que fomenta el consumo de cuerpos y pone el cuerpo sexualizado de las mujeres como objeto de hostilidades?”

Después de leer a Karen Santiago inevitablemente comencé a sentir que cada pregunta escrita por ella contenía una contraparte que como varones nos interpela. Históricamente la sexualidad masculina se ha caracterizado por una búsqueda activa del goce sexual. Los varones hemos ejercido sin tregua eso que desde el feminismo se ha denominado: “derecho al placer” y lo hemos llevado a tal extremo, que estas experiencias sexuales son una forma de realización personal y configuran decisivamente nuestras identidades. Es evidente que ocurre lo opuesto con la sexualidad de las mujeres, quienes tienen absolutamente prohibido buscar el placer; razón por la que a algunos les molesta tanto que disfruten “perreando”.

Como escribe Karen Santiago, la resignificación que el feminismo hace del acto de “perrear” subraya su dimensión política, implica un cuestionamiento a las imposiciones que atraviesan los cuerpos de las mujeres, “perrear” libremente y como expresión del propio placer puede dinamitar aquellas caducas dicotomías: puta/santa, activo/pasiva, fit/fat, masculino/femenino, ninfómana/frígida; hasta ahora erguidas como incuestionables. Perrear puede ser también una manera en que las mujeres practican un erotismo desde ellas y para ellas.

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Necesitamos traicionar el mandato de masculinidad. Necesitamos otras formas de ser hombres.

Terminada esta breve reflexión aparece ante nosotros una cuestión urgente: ¿Cómo hacemos los hombres para transformar nuestras prácticas y concepciones en torno al perreo, pero también en relación a la sexualidad, placer y corporalidad de las mujeres? Necesitamos construir espacios de diálogo e intercambio que nos permitan echar a andar en la ruta hacia la transformación de nuestras violentas masculinidades. Necesitamos traicionar el mandato de masculinidad. 

[1] Bataille, Georges. Breve Historia del Erotismo. 1970.


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Username: Cicio Petrus Aguirre

Es un coleccionista de recuerdos ajenos que después evoca como si fueran propios; dedicado escuchador y cultivador del arte de la charla. Latinoamericanista y aspirante a documentalista, sopla un tubo dorado para no quedarse loco. El jazz y sus anécdotas le gustan casi tanto como el cine.

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