La conducta sexual y el cerebro. Erotismo humano vs instinto animal

¿Para qué sirve el sexo? En un sentido biológico, la respuesta a esta pregunta pareciera evidente: el sexo sirve para la reproducción. Los animales que presentan ciclos anuales de reproducción son ejemplos claros de que la aparición de las conductas sexuales resulta en la reproducción eficiente de los organismos. Por ejemplo, muchas aves tienen ciclos anuales de reproducción que dependen de las condiciones cambiantes del entorno; como la escasez de nutrientes y las bajas temperaturas del invierno, que supondrían un riesgo para sus crías, razón por la que estos animales se han adaptado a reproducirse únicamente durante la primavera. De esta manera, al llegar esta época del año, las aves cambian completamente su fisiología y su conducta en preparación para la reproducción. Algunos pájaros desarrollan más color en sus alas, incrementan el tamaño de sus gónadas y presentan un comportamiento mucho más activo que les permite encontrar pareja. Así, estos cambios promueven que la copulación solamente se lleve a cabo durante el periodo del año que asegure un mayor éxito reproductivo, mientras que el resto del año prácticamente no presentan conductas sexuales. 

Reproducción humana: diferencias entre animales

En contraste con eso, los humanos no tenemos cambios estacionales tan claros en nuestra conducta sexual. Además, la mayoría de las veces no presentamos conductas sexuales con fines reproductivos, sino más bien buscando placer o recreación. Tal vez por esta razón, el vox populi dicta que los humanos somos los únicos animales que tienen sexo por placer, mientras que los demás tienen sexo “por instinto”. ¿Por qué somos tan diferentes a otros animales en este aspecto? ¿Es verdad que somos los únicos que tienen sexo por placer?

La respuesta a estas interrogantes no es tan sencilla. Para empezar, podríamos clasificar a la conducta sexual en al menos dos partes. Primero, la llamada apetitiva -la búsqueda de contacto sexual- y segundo, la consumatoria– el acto sexual en sí (1). Evidentemente, para que se lleve a cabo la segunda debe haber existido la primera, y por ello, nos enfocaremos un poco más en la conducta sexual apetitiva.

Conducta sexual apetitiva y consumatoria

Existe bastante evidencia en animales de que la conducta sexual apetitiva está promovida por diversas hormonas sexuales que tienen una interacción bidireccional con el cerebro. Este sistema neuroendocrino (de las hormonas y el cerebro) puede modificarse de acuerdo con las condiciones a las que está expuesto el animal. En este sentido, las aves presentan cambios estacionales en su conducta sexual porque su cerebro detecta los cambios del entorno y ajusta al sistema neuroendocrino en consecuencia. Así, las aves solamente presentan la conducta sexual cuando todas las señales neuroendocrinas están en sintonía, de modo que la reproducción se lleve a cabo de forma óptima. En los animales estacionales, esto solo ocurre en algún periodo específico del año, y, por lo tanto, solamente presentan conducta sexual apetitiva en estos periodos.

conducta sexual

La conducta sexual sin fines reproductivos

Los mamíferos también tienen interacciones neuroendocrinas que regulan su conducta sexual; sin embargo, se ha observado que algunas veces estas conductas no coinciden con los ciclos hormonales de reproducción. Por ejemplo, se ha observado que los murciélagos y los osos llevan a cabo sexo oral, una conducta que evidentemente no lleva a la reproducción. Otro ejemplo interesante se observa en los bonobos. Éstos pueden mantener interacciones sexuales entre individuos del mismo sexo y muchas veces presentan conductas sexuales apetitivas que están desacopladas de sus periodos de fertilidad. Además, algunos bonobos hembras tienen respuestas fisiológicas similares al orgasmo como son los espasmos vaginales, lo que sugiere que más allá de la función reproductiva, esta conducta podría estar relacionada con el placer. Por si fuera poco, se ha observado que los espasmos vaginales en las bonobos hembras suelen ser más intensos cuando copulan con un macho que es más alto en la escala social. Estas observaciones apuntan a que, al menos en primates, la conducta sexual está fuertemente vinculada con un componente social (2)

El componente social en la conducta sexual

Debido al componente social de la conducta sexual, los humanos podemos experimentar el placer sexual de muchas formas distintas. La influencia que tiene nuestro entorno social sobre el cerebro genera un factor adicional que modifica nuestra conducta, además de nuestros circuitos neuroendocrinos. Entra aquí lo que conocemos como erotismo o deseo sexual, que hace referencia a la conducta sexual apetitiva que presentamos los humanos y tiene una dimensión social y personal. ¿Qué es lo que hace que algunas personas se sientan sexualmente atraídas a unos y no a otros? ¿Por qué algunas personas sienten excitación sexual ante estímulos que a otras personas les provocan incluso repulsión? ¿Por qué algunas personas tienen más deseos sexuales que otras?

Entonces… ¿De dónde viene el erotismo?

Extrañamente, aun no tenemos respuestas claras a estas interrogantes. Durante mucho tiempo, estas preguntas se consideraron como un tema tabú, por lo que la ciencia se ocupó en investigar otros misterios de la naturaleza antes de pensar en resolver los misterios de la sexualidad humana. En la década de los 40s, se empezaron a reportar casos clínicos de personas que declararon sentir un deseo sexual irrefrenable y muchas veces debilitante. Tras analizar el cerebro de estas personas, se encontró que estos deseos incontrolables tenían su origen en ciertas partes del cerebro que se encontraban dañadas, particularmente en el lóbulo temporal. En algunos casos, una vez que se reparó el daño, el deseo sexual exacerbado también desapareció (3). Estas observaciones ejemplifican muy bien que la conducta sexual apetitiva, más allá de las hormonas, está fuertemente modulada por muchas áreas del cerebro. 

¿Qué sabemos de la conducta sexual humana?

En los últimos 50 años, se ha realizado más investigación al respecto, y se han identificado diversas áreas del cerebro que parecen estar asociadas con el deseo sexual, como la amígdala, la corteza medial orbitofrontal, entre otras.  También se ha encontrado que el tamaño de algunas áreas del cerebro y la actividad de estas áreas ante estímulos visualmente eróticos se relaciona con el género y la orientación sexual de las personas (4,5). Estos datos son esenciales para poder entender las bases neurobiológicas de la conducta sexual, sin embargo, la evidencia aún es limitada. Además, no es posible distinguir si estos cambios son consecuencia de algo inherentemente biológico, o si, por el contrario, los cambios son adaptaciones del cerebro a un entorno social.  En relación con esto, un estudio más reciente encontró que la respuesta que tienen las mujeres ante un estímulo visual erótico no es diferente de la que tienen los hombres si se toman en cuenta todos los factores psicosociales del entorno (6).

Con todo esto, queda claro que aún no sabemos mucho sobre la conducta sexual humana ni entendemos por completo la contribución que tiene cada uno de los muchos factores involucrados. Lo que sí es claro es que nuestro cerebro es plástico y se adapta a las condiciones de nuestro entorno (7), de modo que nuestra conducta sexual no está pre programada biológicamente, sino que depende en gran parte de nuestro contexto social y cultural. Al igual que sucede con los fenómenos naturales más complejos, la ciencia apenas está empezando a develar sus misterios.

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Rebeca Méndez

Username: Rebeca Méndez

Química Farmacobióloga, (casi) doctora en Ciencias Biomédicas. Le interesan los temas científicos, especialmente la biología y la neurociencia, pero puede discutir apasionadamente sobre casi cualquier cosa. Le encanta aprender, compartir lo que ha aprendido, comer rico y viajar.

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