Evasivo Evitativo

La sala de juntas estaba llena. Se percibía un ambiente caluroso y asfixiante. Me sentía incómodo con aquella camisa barata que me hacía sudar y oler mal.

El expositor continuamente lanzaba al público miradas y preguntas que eran respondidas por un silencio incómodo. Para mí, era ya costumbre buscar un asiento en la parte trasera, alejado, apartado de las primeras filas y a espaldas de los compañeros, como escondido y a salvo, donde no pudieran verme o cuando menos, pasara inadvertido.

Desde ahí, tenía una vista privilegiada, pues mi mirada buscaba a las compañeras más atractivas una y otra vez. Mi favorita era Liz, una joven delgada y de piel clara con un rostro fino y cabello lacio. Aunque lo hacía de forma discreta, continuamente observaba su cuerpo, su sonrisa, el movimiento que hacían sus manos y me hipnotizaba cómo jugaba con la pluma cuando la llevaba hasta sus labios y con cierto nerviosismo le daba leves mordisqueos. 

El indicador mensual de las variaciones en el consumo de electricidad muestra una tasa de crecimiento negativa este mes”, decía aquel hombre con traje y porte ejecutivo. La mueca de seriedad y entrecejo arrugado mostraban cierta molestia por el desempeño del personal y los errores en los cálculos realizados. “Es ya el segundo trimestre con cifras negativas y estoy seguro de que esto se debe a un error humano, cometido por alguno de ustedes”, continuó diciendo mientras se ponía de pie y agitaba las hojas de papel que sostenía con su mano.

 

ansiedad

Fue entonces que desperté de aquella ensoñación de lujuria, al ver que el Licenciado Trujillo alzaba la voz cada vez más exaltado, pues por ese entonces yo era el responsable de aquellos datos que estaban siendo cuestionados. Me invadió un calor abochornante, comencé a transpirar, mis manos sudaban y sentí cómo mi rostro se calentaba. La camisa parecía encogerse y resultaba incómoda, apretaba mi pecho que se inflaba con inhalaciones cada vez más cortas y aceleradas.

Comenzó entonces el episodio de ansiedad, lo cual no era para mí una experiencia novedosa, ya que a través de los años ésta me dominaba en cuerpo y mente. Tuve entonces una veloz regresión a mi infancia y, con imaginación casi real, volví a vivirlo, y uno a uno, de forma acelerada, los recuerdos fueron desfilando.

Me sentía paralizado como aquella primera vez en el kinder, cuando las niñas con su sadismo se mofaban de mí y los niños hallaban satisfacción por medio de la crueldad, escondiendo mis cosas, molestando y agrediéndome. Llegaron a mi mente los apodos y burlas que en la primaria sufrí a causa de mi cintura regordeta, recordé usar siempre una gran chamarra para ocultar mi evidente obesidad, la cual sólo la resaltaba aún más; mi dentadura retorcida me impedía sonreír o hablar con la gente por la inseguridad que me generaba; mi cabello necio y mi ridículo peinado de bacinica coronaba mí vergüenza y los lentes con gran aumento sólo aumentaban mí baja autoestima.

Recordé también cómo en la secundaria la pubertad me hacía transpirar, oler mal y sentirme inseguro de poder acercarme a mis compañeras, que ya por aquel entonces comenzaban a ser de mi interés sexual. Ése era uno de los deseos más reprimidos que aún tenía, limitarme a observar y fantasear desde lejos, como aquel juego de la pluma entre las manos de Liz, el mismo que alguna vez viera realizarse en mis pubertas compañeras.

Fui siempre tan emocionalmente sensible, que aún el deber del maestro me parecía ofensivo. Cuando el profesor me solicitaba pasar frente al pizarrón, en mí siempre existió ese miedo a la autoridad, de fallar, de equivocarme, de no saber, de hacer el ridículo. Era tan frustrante para mí, que pese a saber los contenidos enseñados, a la hora de demostrarlos, siempre erraba y terminaba haciendo el ridículo, pues era mayor la ansiedad y el miedo a fallar, lo cual nublaba mis capacidades, por lo que conseguía la burla de mis compañeros. Esa sensación de impotencia y de inferioridad dejaron una gran huella en mi ser. Era como un monstruo que traía siempre sobre mí, que absorbía mi energía vital, mis cualidades, capacidades, anhelos, deseos, volviéndome siempre incapaz de hacer algo frente a las situaciones sociales similares.

La emoción del miedo había dominado cuando menos 30 años de mi vida, si es que se le podía llamar así a un estado continuo de inseguridad y pavor por lo que pudiera pasar, administraba ese riesgo futuro con una estrategia que consistía en evadir todo continuamente, postergar, callar. Cuántas palabras no dichas, tantos viajes no hechos, cuántos amores no consumados, proyectos no iniciados, cuántas oportunidades perdidas, fracasos bien logrados antes de siquiera intentarlos; cuánta vida no vivida por el temor a perder la seguridad de lo que se sabe incómodo; pero se prefiere por no arriesgar la escasa valentía en la tierra incierta de la duda.

Aquel ser me poseía. Los reclamos se hacían cada vez mayores y las hojas en la mano se agitaban con mayor agresividad. Estaba seguro de que se me descubriría culpable de aquellos cálculos errados, se me pondría de pie y todos me voltearían a ver, lo que confirmaría mi incompetencia y mi incapacidad laboral. Todos me juzgarían como un verdadero asno, mi amada Liz voltearía sus ojos hacia mí, lo que dejaría ver mi vieja camisa barata, mojada por el sudor provocado por la preocupación de ser expuesto.

Mi corazón latía cada vez más acelerado y mis manos temblaban, quería pararme de la silla, pero sentía mis piernas débiles y no respondían. El mismo acto de pararme me generaba miedo de que me vieran, quería irme, pero no podía. Se hizo insoportable, no pude más con aquello, era hora de hacer uso de mi casi nula valerosidad para realizar esa gran hazaña.

En un torpe movimiento, me puse de pie, di la vuelta y antes de que las miradas me rodearan, salí caminando con pasos lerdos y pesados, tenía en mi cabeza una sensación de mareo que disimulaba con una falsa sonrisa, fingiendo ante mis compañeros una gran seguridad inexistente.

Entré al baño y me vi al espejo. Un rostro asustado y lleno de preocupación me saludó. Reconocí esas ojeras, obra del insomnio. Abrí la llave del agua y entre mis manos tomé un poco, refresqué mi cara que ardía de vergüenza. Inhalé profundo y suspiré como aliviado, pero el temor no se iba del todo. El baño estaba vacío, así que me dirigí como de costumbre a la cabina del último retrete, me senté y cerré los ojos, esperando a que todo pasara, que se acabara la junta, que se acabara el día, la semana, el año. Yo sólo esperaba que con esa pastilla acabara la vida, porque vivir me causaba un gran miedo.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp

Alex Rodríguez

Autodidacta en la lectoescritura, con gusto por decir y escribir cosas que acontecen en mi mente como recurso para atenuar mi neurosis. Con formación académica en Economía por el IPN y Psicología por la UNAM, tengo algunos textos con diversas temáticas, siendo mi especialidad aquellos relacionados con temas psicológicos y las patologías. Gusto de escribir sobre procesos mentales y emocionales acontecidos en la vida diaria y en escenarios cotidianos que evidencian otro aspecto de la realidad y con el fin de dar una mirada más profunda a los fenómenos triviales.

Sigue nuestras redes sociales:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *