Estamos en medio de una pandemia, ¿puedo llorar tu muerte? (Parte 1)

Juana Martínez era su nombre. Era una mujer fuerte, capaz de animar con sólo una sonrisa a los suyos, sabía escuchar y no dejaba de aprender. Por un año asistió a la iglesia de su colonia para aprender sobre La Biblia y rezar el Rosario era parte de su rutina diaria. Con su fallecimiento se sumó a las más de 60 mil personas muertas en México a causa del coronavirus. Su última voluntad era ser enterrada, y se la cumplieron. Pero sus hijos no han podido vivir su duelo.

“Vas a estar bien mamá”, fue la despedida de Ricardo, su hijo, minutos antes de verla entrar al Hospital de Expansión del Autódromo Hermanos Rodríguez el martes 19 de mayo, porque ya le costaba mucho respirar. Nunca regresó a casa. El viernes 22 de mayo por la mañana el diagnóstico era alentador, pronto sería dada de alta; en la noche, algo se complicó con sus pulmones. A partir de la mañana siguiente no hubo más informes. Juana Martínez murió la noche del sábado 23 de mayo.

Pasaron más de 12 horas desde que Juanita, como le decían de cariño, perdió la vida hasta que su hija Gabriela se enteró. Ella se hizo cargo de todo, fue la única que miró el rostro sin vida de su madre. La carrosa fúnebre la llevó del hospital, al panteón Jardín de los Recuerdos cuando tuvieron el permiso. Fue un entierro breve, sin ceremonias y con sólo tres acompañantes. Cuando terminaron ya había otras familias afuera esperando para enterrar a sus familiares.

Fotografía: Diego Leyva

Duelo sin compañía

En la colonia Zona Escolar, al norte de la alcaldía Gustavo A. Madero, nadie se enteró. No hubo un moño negro en la puerta de su casa. Dentro, Ricardo cuidaba la diabetes de su padre, mientras su hermano lo animaba. No era momento de llorar. El día del entierro, los demás hijos vinieron para acompañarlos. Pero desde afuera, para que nadie corriera riesgo.

Se intentó respetar la tradición. Durante nueve días la foto de Juanita estuvo en el centro de la sala principal, con un florero adornando a cada lado y una veladora; a sus pies, formaron una cruz de cal con una veladora en cada esquina. Rezaron el Rosario y el noveno día levantaron la cruz, ritual que simboliza el triunfo de la vida sobre la muerte. Pero todo fue virtual. En la habitación sólo estuvo Ricardo, que dirigía el rosario, y su sobrino, que se encargaba de transmitirlo. El viudo, que no pudo despedirse y que difícilmente podría unirse a la transmisión, rezaba afuera; todos los días recargado en la ventana como buscando el último adiós.

El drama por el que la familia de Juanita tuvo que pasar es también el de muchas familias que perdieron a alguien a causa de la covid-19. Entre abril y junio, fueron los meses más difíciles. Hubo casos en los que los familiares eran notificados hasta dos veces de la pérdida, incluso cuando ya tenían en casa la urna con las cenizas, lo que generaba desconcierto. El proceso administrativo era rápido, fue la saturación de panteones y crematorios lo que prolongó el dolor. El tiempo de espera para una cremación o inhumación era hasta de ocho días, con costos desde 8 mil hasta 13 mil pesos; un tercio más de lo habitual, por ser una enfermedad con alto grado de contagio. En este tránsito la familia sufría la conmoción por la pérdida y el rechazo de los demás, a veces hasta del mismo personal sanitario. Y el enojo es lo predominante, desde que reciben la noticia hasta mucho tiempo después.

La muerte decorosa es un derecho humano

El acontecimiento de la muerte es tan importante que dentro de los derechos humanos existe un conjunto de garantías que protegen la dignidad de los procesos en torno a la persona fallecida y el ejercicio de su voluntad. El Estado, la sociedad y los familiares son los responsables de que estos derechos, denominados post mortem, se cumplan, y su trascendencia es que, al hacerlo, también se encuentra el espacio propicio para que la familia manifieste su duelo y asimile la pérdida.

Ahora vivir el duelo es complicado. En el mundo se han perdido más de 800 mil vidas a causa de la covid-19 y en México el escenario catastrófico de las 60 mil muertes que el subsecretario de Salud Hugo López-Gatell propuso para el final de la pandemia, se cumplió el 22 de agosto. Pero la verdadera catástrofe es que las personas no han podido acompañarse, porque la salud está en riesgo y porque “en una situación tan anormal no puede haber duelo”, lamenta Ricardo, hijo de Juanita.

El duelo es una experiencia “tan traumática como herirse o quemarse gravemente”, señala George Libman Engel, psiquiatra que integra la dimensión psicosocial a la medicina. Jorge Gómez Gude, especialista en la muerte de los adultos mayores, precisa que no es un estado ni una enfermedad, sino un proceso individual y de duración variable. Sus características dependen de factores como la cercanía con la persona fallecida, el tipo de muerte y la forma en que es comunicada, la cultura en torno al duelo y el contexto social en el que se da el acontecimiento, además de la personalidad y recursos emocionales de cada persona para afrontar la pérdida.

El duelo como una solución saludable

Cuando se evita el proceso de duelo, se oculta el malestar físico y reprimen las emociones que genera, sus efectos se acumulan en el interior y detonan una crisis general. Crisis de pánico frecuentes que desestabilizan los procesos corporales y que ocasionan que las personas descuiden sus necesidades más elementales para la supervivencia. En lo psicológico, la ansiedad, depresión y estrés causados por el duelo se prolongan, causando la disolución de las relaciones personales e incluso la pérdida de la memoria o del sentido de vida.

Los primeros estragos del duelo durante la pandemia pueden ser la ansiedad y depresión agravadas. También que, tras sufrir la pérdida, las personas reaccionen rompiendo el confinamiento o experimentando un miedo incontrolable a salir a la calle. En ambos se manifiesta el deseo de huir de una realidad que es inminente.

Thomas Lynch, poeta y embalsamador estadounidense escribió en El enterrador que “es más fácil llorar la pérdida que vemos que la que imaginamos”. ¿Será mejor ocultarlo todo para estar acorde con la situación? Eso no es posible. El duelo es inevitable; el problema es que esta nueva normalidad no tiene nada de normal.

El comienzo de la Odisea

El poeta griego Homero en su narración de La Ilíada tuvo el gesto de suspender, en el momento más épico de la historia, una guerra con el único propósito de dar honra a quienes habían muerto en batalla, sin importar el bando, y llevar los restos a sus familias. La misma historia concluye con la intercesión del Olimpo para evitar la deshonra del cuerpo de Héctor, el príncipe troyano, y la celebración de su funeral.

Tuvieron que pasar dos meses desde el primer fallecimiento a causa del coronavirus, para que la Secretaría de Salud presentara el 5 de abril la primera Guía de Manejo de Cadáveres por COVID-19 (SARS-COV-2) en México. En ella se describían los protocolos para tratar los cuerpos de las personas contagiadas, en hospitales, casas y funerarias; se recomendaba evitar los ritos funerarios y que la disposición final del cadáver fuera inmediata y mediante cremación.

La medida de la cremación, casi obligatoria, causó polémica. Primero, porque estamos en un país con más de 73 mil desaparecidos, y en segundo lugar porque “faltó la perspectiva de los derechos post mortem, en lo referente al destino de las personas fallecidas y el derecho de los deudos”, reconoce Héctor Villarreal, periodista especialista en esta clase de derechos a raíz de los casos de feminicidio en Ciudad Juárez.

La segunda edición de la guía, publicada el 17 de abril, al inicio de la fase tres de la pandemia y que sigue vigente, reconoció con mayor precisión estos derechos. Se aclaró que la disposición del cuerpo será de forma inmediata “mediante cremación o inhumación”, pero que, en la medida de lo posible, se debe respetar la decisión de los familiares y proteger la dignidad humana en todo momento.

Derechos post-mortem

Los derechos post mortem garantizan el cumplimiento de la última voluntad sobre las propiedades materiales e intelectuales de la persona fallecida; pero también el ejercicio de su voluntad sobre su cuerpo, sus ideas, su personalidad y sentido de pertenencia a una comunidad de fe. Héctor Villarreal, apunta que el respeto a la dignidad humana y a la memoria se manifiestan desde el momento en que la persona es reconocida como fallecida y se dispone de su cuerpo de forma decorosa para honrarla con toda clase de ritos funerarios.

Desde una postura humanista como la que asume Villarreal, estos derechos son los derechos humanos derivados de la personalidad. Ronald Cárdenas Krenz, por el contrario, opina que estas garantías son más bien aplicadas a un objeto sui generis, es decir que, aunque no se trate de una persona, tampoco es un objeto manipulable libremente. En ambos casos, hay una dignidad que debe ser preservada en virtud de la identidad de la persona fallecida, su historia y su vínculo con los que aún viven.

Durante esta pandemia se ha tenido que reaprender a tratar a los muertos. Si bien no se han presentado problemas con el abasto de personal médico y de hospitales, como lo indica el subsecretario López-Gatell, los responsables del traslado de cadáveres y las defunciones fueron superados.

Belinda Escamilla Arciniega vivió este aprendizaje en carne propia. Primero perdió a su esposo Juan Palma García, de 58 años, que contrajo la enfermedad en el trabajo; luego, su hija Rocío, con 35 años, perdió la vida entre sus brazos, también a causa del virus. Cuando Juan murió, la funeraria les cobraba mucho más de lo habitual y no querían atenderlos, tuvieron que solicitar la ayuda de la alcaldía y esperar para recoger los restos: “Mi sobrino tuvo que ir a recoger las cenizas tres días después y muy lejos de aquí”, recuerda. Con el fallecimiento de Rocío el tránsito administrativo fue más fácil. Una funeraria accedió a brindarles el servicio y doce horas después de que se llevaron el cuerpo, sus cenizas ya estaban en casa.

Muerte y tanatología

América Amezcua, tanatóloga que durante la pandemia ha colaborado en la realización de talleres para vivir el duelo, comenta que “no poder cumplir con los deseos del fallecido genera culpa que, al instalarse en la persona, bloquea o complica la elaboración del duelo”. Esta emoción se manifiesta en angustia, irritabilidad y tristeza, y es una de las más difíciles de abordar en la terapia.

Por otro lado, los familiares también tienen el “derecho a un diagnóstico certero respecto al motivo de la muerte, las condiciones y el momento exacto en que esto sucedió”, comenta Héctor Villarreal, además de que la entrega del cuerpo se haga a la brevedad. Juana Martínez murió la noche del sábado 23 de mayo y la familia lo supo hasta la tarde siguiente. La culpa derivada de esto fue el primer obstáculo para que su familia elaborara el duelo. Grissel Concha Anaya, psicoterapeuta y tanatóloga, señala que en algunos casos esta emoción comienza desde que el familiar sale de casa para ingresar al hospital: “¿Y si se muere?, ¿si no lo tratan bien?, ¿si me necesita y no estoy?”, y se extiende hasta el momento del duelo.

Garantizar el trato digno de la persona que muere, tener certeza de cómo sucedió y cumplir su última voluntad no es un capricho. Para las personas que han vivido la pérdida es una necesidad; los derechos post mortem se acompañan del derecho de los deudos a vivir la pérdida. Por eso honrar la memoria del fallecido, procurándole un trato digno, es el primer reto para el duelo durante esta pandemia.

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Jorge Escárcega

Username: Jorge García Escárcega

Comunicólogo de profesión, filósofo por casualidad e incomprendido gracias a Dios. Periodista interesado por los procesos que están detrás de todo, ha invertido 23 años de su vida en recorrer las calles de la Ciudad de México para comprobar ese viejo cuento de que “cada cabeza es un mundo”.

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