¿En serio fue tan malo el final de Shingeki no Kyojin?

A diferencia de la eterna defensa de los intelectualoides del anime, me parece que las personas afirman que el final de Attack on Titan es malo no lo hacen porque no lo hayan entendido, sino porque lo comprendieron todo perfectamente y ése es el problema: a nadie le gusta que le recuerden lo patético que se puede llegar a ser.

Quizá muchos vieron en Eren el propio potencial de sí mismos, una persona capaz de arrasar con todo para cumplir su objetivo, por lo que verlo tumbado, llorando, suplicando vivir un rato más, no es lo que se espera del antihéroe. Se ve más imponente Ozymandias afirmando que se obligó a sentir las muertes que ocasionará, pero estoico ante el castigo que el resto de los Watchmen pretende hacerle pagar. Sin embargo, Eren no es Viedt.

El último portador del titán de ataque no es sino un mocoso atormentado por fuerzas que van más allá de su comprensión (como lo estaría cualquier mortal ante la presencia del Aleph).

La historia

Isayama no miente ni traiciona la historia en ningún momento. Eren realiza el recorrido completo de todos los tipos de héroe que han existido en la literatura. Al principio es el héroe trágico: pierde a sus seres queridos y se embarca en una aventura para buscar justicia; después, el héroe épico: Eren ya no sólo es un recluta sino que encuentra un destino y se convierte en la última esperanza de la humanidad; posteriormente, el héroe moderno:  atado en la cueva de la familia Reiss, se da cuenta de que sólo es un recipiente intercambiable, no es forzoso recaiga en él la responsabilidad de salvar a la humanidad, sino que fue fruto del azar y aún así las circunstancias lo empujan a tomar dicho rol, con lo cual consiguen salir de las murallas y eliminar a los titanes afuera de los muros; en este punto el mundo se abre y da entrada al arco del héroe posmoderno o antihéroe: Eren se convierte en un terrorista y asesino en masa para proteger a Eldia y causa la división final sin importar nación o raza, jaeggeristas y alianza.

El nacimiento de un antihéroe

Para el público del siglo XXI, ese Eren es aterradoramente familiar, pues ya hemos visto caídas morales similares que han generado personajes monstruosos, pero que añoramos porque son una parte de nosotros o que deseamos que exista en nosotros: Heisenberg, Ozymandias (otra vez), Joker, Thanos y un largo etcétera de villanos y antihéroes cuya monstruosidad nos fascina. Sin embargo, olvidamos algo. Esos personajes dejan atrás su humanidad para lograr sus metas. Sacrifican todo por una simple causa.

¿Por qué lo odiamos tanto?

Resulta lógico admirar personajes así en una sociedad que constantemente recompensa el abandono de la humanidad propia. Convertirse obedientemente en monstruo es un anhelo condicionado porque, si se piensa a fondo, ¿qué tiene de saludable el mutilarse uno mismo para alcanzar una victoria? La perorata ajedrecista de “no se puede ganar sin sacrificar nada a cambio” pierde lógica cuando el precio a pagar es algo esencial para la sobrevicencia: la empatía.

En este punto, en el final de SnK, Isayama recurre a la socorrida deconstrucción. Madoka y Evangelion ya lo han propuesto: ¿si tomamos cincuenta centavos de realidad en este escenario fantasioso, qué ocurriría? La respuesta de Isayama es simple y concisa: ningún ser humano cuerdo puede volverse un monstruo y no sentirse mal por ello. Eren tirado en la playa, suplicando que Mikasa no lo olvide, es la bofetada de realidad que Isayama da a todos los que pensamos que Eren era un gran modelo a seguir. Eren, como todos, es patético, sufre y llora porque lleva una carga superior a la de sus fuerzas, porque tiene anhelos tan básicos como los de cualquiera y porque tiene un miedo natural a morir. Nosotros somos como él por una sencilla razón: somos humanos.

Por ello, entiendo la gran rabieta de tachar el final como un bodrio. A nadie le gusta que le pongan un espejo así de realista en frente.

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Gablot

Gablot

Gilberto A. Nava, “Gablot” (México, D.F. 1990). Estudió Letras Hispánicas (FFyL/UNAM). Como poeta es un excelente cuentista. Pambolero por herencia genética y cruzazulino por resignación; fanático de Zelda, entrenador Pokémon por las noches. Pierde la mitad del día jugando MTGA. Ha colaborado en Atómix, Penumbria, Punto en línea, Marabunta y Cuadrivio. También participó en la antología Telescopio (Fractal Editores, 2013). Mantiene el blog "Infernáculo"

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