Alternativa 3

por lo que aproveché para visitarla.

Al tocar la puerta de su casa, me encontré con la mirada del hombre más placentero que haya podido encontrar a la vista, en contraste con una colonia vil y amenazadora: piel morena apiñonada; con una sonrisa cautivadora, exquisita como melocotón, dulce, amistosa pero incitadora; cabello crespo tipo afro, vientre plano y unas posaderas tan exquisitas, dignas de bongoes que con placer podría repicar en cualquier rito africano.

Cuando Gilda abrió la puerta, él se acercó y se dirigió a ella:

– ¿Te sientes mejor?

– Sí, ya me cansé de tanto llorar, anunció resignada.

– Perdona mi insistencia, pero puedes venir con nosotros cuando quieras.

– Gracias, quizá hoy te tome la palabra.

Cuando se fue, ella empezó a contarme la historia de este muchacho:

Su abuelo es Maurino Da Cunha, un acaudalado terrateniente brasileño, quien hastiado de sus negocios (o al menos eso decía), vino a México en busca de aires desconocidos. Su nieto, Antar Da Cunha, hablaba un español excelente, pues al seguir a su abuelo había decidido estudiar en México. – ¿Me estás diciendo que ese hermoso monumento es brasileño? Eso lo explica todo, le dije con tono libidinoso.

Le pregunté qué había de nuevo, sin embargo me confesó no poder contarme sin una cerveza en la mano. Al salir por provisiones nos encontramos a un señor, si bien maduro, de porte espectacular. Parecía que aún se ejercitaba y las canas ya cubrían su cabeza. 

– Bom día, menina. ¿Será que al fin adornará nuestro hogar con su presencia?

– Hola don Maurino. No creo que sea apropiado…

– ¡Sin pretextos! Vengan, verán que no se van a arrepentir.

Entramos a su casa. Era sencilla, sin lujos pero bastante ordenada. Las paredes eran color blanco. Junto a la entrada había un cuarto entreabierto donde había una especie de cúpula rodeada de flores amarillas y un adorno que parecía una falda de paja y una vasija de barro. Cuando Maurino notó que yo observaba el altar, cerró la puerta de manera tempestuosa: – No queremos que los Dioses piensen que he sido indiscreto, se dirigió a mí.

Al llegar a la cocina, Maurino tomó un caballito, lo que parecía un limón, se dirigió a Gilda y rezó algo mientras hacía la señal de la cruz, utilizando la cachaza como agua bendita:

Trabalho e empenho,

O mensageiro ser o destinatário de ordens

Porque assim Oxalá ou Obatala queria.

Sendo o mais humilde dos humildes

Você tem a grandeza daqueles que têm aumentado,

Mitigar a dor dos aflitos;

Ajudando os indefesos e desprotegidos.

Al terminar nos sirvió un caballito para cada una, mientras nos deseaba “salud”. Tratamos de ignorar lo que había ocurrido. Unos minutos más tarde llegó Antar.

Empezamos a platicar y ahí Gilda nos comentó que su esposo se había robado a su hija, pero antes de hacerlo le gritó, la golpeó y la humilló. Pese a los esfuerzos de Antar por impedirlo, el infeliz amenazó a la niña con una pistola, por lo que tuvo que dejarlos ir. Esta historia me aterrorizó, pero ella estaba desconsolada: – No sé qué me duele más: saber que no la volveré a ver, o que siento un ligero alivio al saber que tengo la posibilidad de volver a empezar sin él. 

– Festejemos y terminemos con tu sufrimiento, dijo Maurino ya entrado en copas:  – Es la ocasión perfecta para jugar al escondite.  Fue a su cuarto y cuando regresó pidió que nos escondiéramos. Me pareció una idea absurda, pero no quisimos contradecirlo y salimos a la calle.

Antar y yo nos escondimos detrás de una barda y mientras esperábamos escuchamos el eco de lo que parecía ser un tiro. Minutos más tarde su abuelo se acercó a nosotros, como si alguien lo hubiera guiado a nuestro escondite. De repente, Antar me jaló de la mano mientras me instaba a escapar, pues Maurino venía hacia nosotros con pistola en mano, perturbado por una demencia abrupta, una alucinación que mis ojos no acreditaban. Yo no entendí lo que ocurría, simplemente corrí y seguí las órdenes de mi acompañante. Logré esquivar una bala y la euforia me indujo a correr con mayor velocidad. Una cuadra más adelante, Antar propuso distraerlo para que yo huyera. No podía abandonarlo ahí, pero habría sido inútil quedarme ahí para morir juntos. Además, creí más probable que ese desequilibrado ser se podría apiadar de su propia sangre, que de una desconocida que sin motivo aparente turbó su paz.

Mientras corría, escuché otro disparo. No volteé, pero justo ahí recordé a Gilda. Debía buscar el modo de advertirla… Y ahí, entre la tempestad, comprendí que no tenía caso siquiera pensar en ella en ese instante.

 

Llegué a mi casa, pero no traía llaves. Toqué la puerta y abrió mi hermano. Escuché otro disparo: Maurino acababa de dispararle a una mujer que esperaba el autobús en la esquina de mi casa. Ya en el umbral de la puerta de mi casa, advirtió nuestra presencia y gritó: – Te encontré. Ahora te toca buscarme a mí. Al ver a mi hermano, se acercó y me dijo: -Qué bueno que encontraste alguien más con quién jugar, nuestros competidores abandonaron la contienda.

Le dije que estaba cansada, que jugáramos después, pero me amenazó: “No se rindan como Gilda. Un soldado que muere en batalla tiene más honor que aquél que decide renunciar”. Gilda no se había rendido. Había sido cobardemente asesinada a quemarropa por un desdichado que había perdido la razón desde años atrás, un miserable que era buscado por la justicia debido a sus múltiples arranques de locura que habían quitado la vida de su propia esposa.

Salimos de la casa y nos dirigimos a la suya. Alguien gritó: ¡Ese hombre está armado! 

Nos detuvimos y pude ver que una ambulancia se llevaba a Antar.

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