Carne de papá

Cuando desperté, la niña sonreía, no parecía advertir la crudeza de su aspecto: brincaba vestida con su tutú azul salpicado de sangre; calzaba unos bloch manchados de sangre mientras sostenía a su maloliente unicornio, Burbuja. Su aspecto adornaba la habitación de manera pintoresca, en un fondo oscuro que no parecía tener fin. Era una escena inquietante que no podía terminar de entender, petrificada por el horror de ser partícipe de esa carnicería de intestinos que se habían banalizado en un simple instrumento de juego, un asqueroso entretenimiento que no podía detener. Apenas recuperé la razón para distinguir la canción que la bailarina entonaba:

Tintero, papel y pluma,
para escribir una carta
a mi querido Miguel,
que se ha marchado esta tarde
en el correo de las tres.
Que una, que dos, que tres…

carne
Ilustración: Grey Zelda
  • Mami, ¿tienes papel para escribirle a papi?

Sin dar crédito, corrí a una velocidad increíblemente rápida para mi cuerpo, invadida en adrenalina; pero lenta para el azulejo que permanecía prácticamente inmóvil.

Bajo mis pies observaba una película que recorría las imágenes del azulejo, luego el tapiz floreado que adornaba la habitación, interruptor, tapiz, cuadro boca abajo, tapiz, techo, techo, luego un foco, ¿foco? Arriba de mí seguía el eco de la canción, la raya que dividía el cabello de la niña, que palpitaba al aumentar y disminuir de tamaño el círculo que podía apreciarse desde ese punto del techo; el intestino que giraba que formaba varias figuras gradual, una línea, luego una U, que parpadeaba y era sostenido por unas manos diminutas, delicadas, que hacían cada vez más espeluznante este momento.

  • Mami, ¿ya vamos a jugar?

Ella insistía con cierta irritación mientras yo intentaba esconderme junto al foco que habría de iluminar el cuarto. Detrás de mí advertí los vestigios de un rastro de sangre que provenía de mis pies. Al asumir que no se podía tratar más que de una infame pesadilla, pude cerrar los ojos, esperando darle fin a este horror.

Cuando desperté estabas junto a mí, apacible. Descansabas con un extraño gesto de horror. Al abrazarte no sentí tu calor; toqué tu vientre y ahí, al sentirte inerte, te recordé y una lágrima humedeció tan sólo un poco el contorno de mi nariz.

  • Mami, ¿ya nos vamos a la escuela?
  • Me vestiré, mientras baja a desayunar.

Durante el desayuno, Alicia juega el laberinto de la caja de cereal. Estela reflexiona mientras lava los platos e imagina varias formas de darle la noticia a su hija, pero a ciencia cierta no sabe cómo explicar el deceso, ¿qué sería más fácil de explicar: que su padre había sido violentamente asesinado, que había tenido el descaro de haberlas abandonado, o que… Si es que fuera verdad una tercera posibilidad.

Debía deshacerse del cuerpo cuanto antes, no había opción.

Llevó a la niña a la escuela y en un diablo transportó el cadáver a la cochera de su casa.

  • Él me engañó. Me dijo que yo era el amor de su vida, incluso tenemos una hija, juntos… Lo merecía. Pensaba para justificar cualquier acción realizada o pensada.
  • Pese a todo, no era para tanto… No pude atreverme a tanto. Se cuestionaba reiteradamente.

Con imponente esmero cortó las extremidades. No había tiempo de llorar, debía terminar cuanto antes.

Debido a sus nulos conocimientos de anatomía, se llevó una terrible sorpresa al partir el torso por la mitad, ¡vaya idea la que llegó a la cabeza de esta confundida mujer!, pues un olor se desprendió y detrás de la puerta se escuchó una arqueada.

Asustada, corrió a ver de qué se trataba, cuando encontró a Alicia, aguantando la respiración, quien había presenciado parte de la carnicería.

Estela no podía dar crédito. Tan sólo tenía 8 años…

  • Mi amor, déjame explicarte, dijo Estela al sentirse expuesta.
  • Mami, ¿puedo jugar con él? Te prometo no vomitar, seré valiente.
  • Mi amor, tú no puedes estar aquí, dijo Estela, sin que esa petición siquiera pudiera caber en su cabeza.

Divagó un momento, y esta distracción bastó para que Alicia se aproximara al torso desmembrado. Introdujo su mano y sacó el intestino, como el mago que saca de su boca mascadas y mascadas. Lo lavó y limpió hasta poder usarlo como cuerda de saltar.

Al volver a la cochera, Estela presenció la abominación que le hizo recuperar los recuerdos bloqueados…

.

.

  • Cielo, ¿estás ahí?

Al despertar, Estela descubre con horror que junto a ella sólo reposaba el cuerpo de quien fuera su esposo, el padre de su hija. Ver el rostro inerte, con una expresión de horror que reflejaba la ignominia por la que había abandonado este mundo, la brutalidad del último rostro que vio en vida, ¿cómo había sido posible ese desenlace?

Afligida, corrió por el consuelo de la única persona capaz de amortiguar tan inmenso golpe, y sentada, al pie de su cama, estaba Alicia, quien sostenía una bolsa de plástico, cabizbaja, mientras repetía: – ¡Nada de esto habría pasado si no me hubieras mentido!

.

.

Ahí volvieron a su cabeza los recuerdos de aquella niña, encolerizada, que tras golpear la cabeza de su papá, decidió asfixiarlo hasta la muerte mientras exclamaba: – ¡Nada de esto habría pasado si no me hubieras mentido!, ¡Burbuja no estaba de viaje, estaba en la basura!

 

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Sol Girón

Username: Sol Girón

Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y con una pretenciosa licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, se ha dedicado a la docencia, al marketing digital y a la gestión de redes sociales. Le interesan la política, la moda, el transcurrir del tiempo, los universos paralelos, los temas de género; es memera de corazón y sarcástica por vocación. Melómana empedernida, amante de la narrativa contemporánea, del café y de toda la cultura vanguardista, no tiene algo más original que ofrecer además de historias desequilibradas y faltas de sentido.

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