Alternativa 2

por lo que aproveché para visitarla.

Al tocar la puerta de su casa, me encontré con la mirada del hombre más placentero que haya podido encontrar a la vista, en contraste con una colonia vil y amenazadora: piel morena apiñonada; con una sonrisa cautivadora, exquisita como melocotón, dulce, amistosa pero incitadora; cabello crespo tipo afro, vientre plano y unas posaderas tan exquisitas, dignas de bongoes que con placer podría repicar en cualquier rito africano.

Cuando Gilda abrió la puerta, él se acercó y se dirigió a ella:

– ¿Te sientes mejor?

– Sí, ya me cansé de tanto llorar, anunció resignada.

– Perdona mi insistencia, pero puedes venir con nosotros cuando quieras.

– Gracias, quizá hoy te tome la palabra.

Cuando se fue, ella empezó a contarme la historia de este muchacho:

Su abuelo es Maurino Da Cunha, un acaudalado terrateniente brasileño, quien hastiado de sus negocios (o al menos eso decía), vino a México en busca de aires desconocidos. Su nieto, Antar Da Cunha, hablaba un español excelente, pues al seguir a su abuelo había decidido estudiar en México. – ¿Me estás diciendo que ese hermoso monumento es brasileño? Eso lo explica todo, le dije con tono libidinoso.

Ella me explicó que pese a la sensualidad de este monumento, las circunstancias de su llegada al vecindario no parecían las más ortodoxas: parecía que para instalarse, tanto él como su abuelo habían tomado todas las precauciones posibles, con tal de pasar inadvertidos aunque, claro, tantos lujos y un par de extranjeros de ninguna manera podrían ser ignorados. Convivir con un personaje tan intrigante la colmaba de excitación, pero también de temor, por lo que jamás aceptó invitaciones a su casa, menos su amistad. Al final, los monumentos se hicieron para contemplarse, ¿no?

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